Get off my back!
Cuando era pequeña me decían: "Niña, siéntate bien." Unas sabias palabras que sólo influían en mi postura unos minutos, hasta que volvía a espatarrarme cuán larga era. El tiempo pasó y me convertí en una estudiante brillante, que andaba orgullosa, sin problemas de espalda. Pero llegué a Arteixo. Las cosas se torcieron. Mi espalda también. "Te pasas todo el día delante del ordenador, te vas a jorobar la espalda." "Mira cuánto has engordado, eso no es bueno para la espalda." Y cuando a tus 20 años empiezas a sentir un cosquilleo en tu recién adquirida mini-chepa, no le das importancia.
Después de una semana diciendo que me doen os cadrís, una mañana de domingo vas a que te den el primer masaje de toda tu vida, para que la Tunny's Sister practique lo que tenga que practicar de su carrera como futura fisioterapeuta, gracias a la decidida intervención de la susodicha Tunny ante tus "Jo, qué vergüenza, me va a tocar las chichas, pobrecita". Te tumbas en la camilla, con el miedo de romperla o algo, sueltas algún "Oh, ¡dioses!" de puro placer para pasar inmediatamente al "Agggghh, ¡qué dolor!", y entonces pides que te hagan una ficha con tus deformaciones adquiridas con el paso del tiempo, consecuencia de estarse cinco años rascándose la barriga en una silla. Y las imprudencias se pagan. Tengo mil cosas de nombres extraños, yo lo resumo en "la curva de la espalda muy metida p'a dentro, y p'a compensarlo tienes ese bonito proyecto de chepa en tus hombros." Diugh.
Entonces decides empezar a cuidarte, y aunque te doen os cadrís te vas a la piscina pensando que un domingo por la mañana no va a haber nadie, y tras un kilómetro de prácticas de diversos estilos natacioneros, tras ponerle la mano encima a todos los viejos domingueros que pasan por tu carril, tras rendirte porque ves cosas flotando en el agua que no te gustan, tras meterte bajo la ducha de agua fría, congelada, algo a lo que nunca te puedes resistir, tras conocer a más gente en pelotas en las duchas, tras hacerle hasta carantoñas hasta a un bebé que te mira los pechos pensando en que ahí puede tener alimento hasta que vaya a la universidad, tras comprar el pan calentito, tras llegar a casa, comer, limpiar la habitación y pensar "Jo, qué día más bien aprovechado, ahora me pondré a estudiar", empiezas a darte cuenta de que no puedes estar de pie, de que no puedes sentarte, de que no puedes tumbarte, de que tienes que fregar la loza sentada en una silla, y de que para andar vas a necesitar un carrito e irte arrastrando a la consulta del médico. A tus jugosos 20 añitos.
Y eso. Que tengo la espalda escarallada.