More than a feeling
En estas semanas han pasado muchas cosas. Pero no relevantes. Cosas que tienen que pasar, pero que no han cambiado mi vida. ¿Acaso va a cambiar algún día? En estas semanas he ido mucho a la playa y a la piscina, he gastado mucho dinero en pocos días, ha cambiado mi opinión respecto a mis compañeros de trabajo, he conocido a David han pasado las fiestas de Arteixo y con ellas Chenoa revolucionando la pizzería, atrayendo a gente con sus canciones en el móvil, he estado viciada al último juego de Tomb Raider, he confirmado que la gente que conozco es rara y he adelgazado de nuevo los cinco kilos que ya había recuperado.
El domingo las compañeras de trabajo hicimos una cena. Con 65 euros de propinas acumulados en cuatro meses. Sólo para chicas. Alguien tenía que quedarse para cerrar la pizzería. Mi reacción no podía ser otra que de desagrado. Cuatro chicas con novios, pisos e hipotecas, hablando sobre vecinos espías, y criticando a los demás. Cuando mi única aspiración en estos momentos es precisamente no pasarme todo el día en casa. Tras mucho tiempo dándole vueltas, decidí ir. Era una cena gratis. Así que nos fuimos al Raxo, un restaurante en el Burgo, a las afueras de Coruña, muy conocido por estar todo muy bueno y muy barato. De hecho pensamos que iba a haber mucha gente (tienes que pedir número, como la carnicería) y que no llegaríamos a tiempo. Pero entramos justo a tiempo y nos sentamos. Llegó un camarero con un palm y nos tomó nota. Eso fue lo más glamouroso. Todos los camareros de ese restaurante son gays y hablan muy, muy raro. Comimos tortilla, ensalada, patatas y raxo. 32 euros. Hablaron de lo que tenían que hablar. Helado de postre y cuenta. 32 euros. Pues sí, es barato. ¿Y después? Buscamos algún bar abierto y yo les sugerí el Forum Celticum, así que fuimos allí.
Y entonces Missae dijo las palabras mágicas. "¿Vamos al bingo?" La idea me emocionó especialmente (sí, soy bastante ludópata), Sandy, I. y yo no habíamos ido nunca y teníamos muchas ganas, pero Lucha no llevaba el dni y no la dejarían pasar. Al final fuimos a un bingo en el que ella conocía a una chica trabajando allí. Imaginaos, un domingo, las dos de la mañana, en plena ciudad, sólo silencio, oscuridad y nadie a la vista. Llegamos al bingo, nos deja pasar, 26, 26, 23, 22, y yo con 20. Se queda con nuestros dnis. Una puerta custodiada por cuatro tragaperras y un hombre jugando, con un cartel electrónico en rojo en donde esperamos a que se ponga verde. Entramos. Dos salas enormes unidas, mucha gente mayor, claro, un chico y una chica por las mesas vendiendo los cartones y nosotras eligiendo un sitio para sentarse, mientras un señor exclama "¡Madre del amor hermoso!". Nos sentamos. No puedo evitar reírme por todo. Por la situación, por la gente, por las pantallas, por los cartones, por nosotras. Compramos cuatro para cinco, dos euros cada uno. Empieza la ronda. El 24. 2 4. Me río. Es que esa voz no es normal. "¡Shhh!" Primero a por la línea. Nada. Pasan los números, la tensión aumenta, y de repente I. grita, toda seria y profesional "¡Bingo!" Alucino. No podía ser verdad. Viene la chica, le deja una especie de trofeo que pone bingo, se va a comprobar el cartón y vuelve con 78 euros.
Mis ojos como el plato del dinero. Me río mucho. No puede ser tan fácil. Compramos otros cartones. Empieza la segunda ronda desde que llegamos. Pasan los números. La tensión aumenta. Me queda uno solo para cantar bingo. Mientras pienso eso, sale el número, y Missae grita "¡Bingo!" y yo otra vez, dos veces "¡Bingo! ¡Bingo!" Vuelve la chica. "¿Menuda suerte eh?" Ojalá me dejara quedarme con el trofeo. Vuelve con un plato y 60 euros. Cojo todo, las monedas también. "¡Pero déjale algo de propina!" Sí mujer, toma dos eurazos, que hoy me voy rica. La que se hará rica será ella con todo lo que debe cobrar en propinas de eufóricos ganadores. Pues nada. 130 eurazos en cinco minutos. No nos lo podemos creer. Hacemos bromas. "Yo me voy a comprar los muebles de la casa en el Bingo". "Yo no vuelvo a trabajar en Pizza Móvil, vengo una hora al bingo y listo". "Yo pago la hipoteca". Jugamos tres veces más y nos vamos. Nos vamos con 120 euros. La chica se sorprende de que nos vayamos tan pronto. Si nos quedamos, el dinero también. Así que mis ansias de juego fueron aplacadas por las demás. Saludamos al guardia y salimos del bingo más contentas, más amigas y más dicharacheras que en todos los meses que llevamos trabajando juntas. Al final I. y yo tuvimos que repartir el premio. 24 euros para cada una. Seguro que volvemos. Al menos yo.Y es que afortunada en el juego, desafortunada en la hipoteca.