<body>
 

Una pequeña visión maravillosa I

El viernes pasado, 27 de mayo, después de las clases y de comer cogí un tren para Santiago. Esa noche había concierto, e iría con una persona que adoro: Bybel. Llevaba una mochila con ropa para sudar, ya que al día siguiente iría de nuevo con los de Carroucho a una ruta de senderismo. Sabía que no dormiría mucho, pero no podía perdérmelo. Y tenía muchas ganas de que Bybel me acompañase al fin.

A las 18:00 llegué a la estación de Santiago, y mientras la esperaba, vi a una compañera del instituto que hacía el trayecto en sentido inverso. Muchos de mis compañeros y conocidos están estudiando en Coruña, en Santiago o en Barcelona. Nos resumimos nuestras vidas en la cola de la taquilla, y apareció Bybel con una perrita pequeñita blanca, que era de la familia con la que compartía piso. Allí nos dirigimos a dejar mis cosas, y conocí a una niña que había ganado un premio de narrativa en su colegio por segunda vez. Sonreí pensando en si yo ganaría alguna vez un concurso.

Llamé a Mery sabiendo que no podría bajar por sus exámenes de medicina, pero tenía ganas de oírla y de que me dijese en qué sitios podía comprar esas palmeras de chocolate gigantes y riquísimas que sólo hacen en Padrón y en Santiago. Hablaba animadamente con Bybel, contándole muchos pensamientos que nunca pensé que contaría. Paseamos por las calles mojadas de Santiago buscando la panadería, mezclándonos con su gente, esquivando a los turistas con sus mapas y a las palomas que nos rozaban literalmente la cabeza. Compramos la palmera, que era la mitad de lo que me esperaba y más cara de lo que recordaba. Entramos en varias tiendas a mirar ropa bonita, y terminé comprándome otra camiseta del Rei Zentolo.

Llegamos a la Rúa do Vilar, a la sala Yago, un teatro que originalmente había sido un cine, y reservamos nuestras entradas, que valían 4 euros. Quedaba media hora para que empezara el concierto y nos fuimos a tomar un cola cao a un bar cerca. En Santiago no hay tapas. En Santiago te pides una coca cola y te traen un plato con jamón, chorizo, queso, y cacahuetes. Disfrutábamos nuestro cola cao mientras unos franceses pedían al camarero jambon, mientras una viejecita pintoresca miraba con curiosidad a su alrededor y mientras Carlos Blanco leía un periódico sentado con un amigo.

A las 20:30 en punto esperábamos a la puerta del teatro. El concierto tenía por nombre Santiago non soa:

Presentacion: Carlos Blanco
Actuaciones: Hector Lorenzo, Tom, Najla, Alfredo Padilla, Pablo Seoane, Uxía Senlle, Pepa Yañez, Diego massimini, Davide Salgado, Rafa Gradín (percusión), Quique Azambuya (jazzman), y muchos musicos más

Reivindicando el derecho de los musicos a poder trabajar, derecho que vemos cercenado debido a la desidia de los órganos de gobierno que deberían ocuparse de procurar una solución a los músicos, que venimos trabajando desde hace años por y para la cultura de Santiago de Compostela y de Galicia entera.

¡Ojalá no se tapen los oidos y Santiago vuelva a sonar!


Había bastante gente esperando, y vi a Rocío y a Ana buscando un sitio por dónde entrar. Salió entonces Tom a buscarlas, y me pareció que estaba muy guapo, elegante con una camisa blanca y con una barba que le queda muy bien. Nos saludamos y abrieron las puertas. Yo ya había estado en el teatro hacía tiempo viendo una obra. Es un edificio muy antiguo, que conserva la decoración de sus inicios. Un sitio precioso.

En la entrada vi a Gustavo Almeida, con su eterno cartel del nuevo disco. Nos saludamos encantados. Aquello parecía una rememoración del Festitom.

Subimos al piso de arriba, al que se accede por dos escaleras custodiadas por las figuras gigantes de Rosalía de Castro y Valle-Inclán. Allí están los baños, con unos sillones de época y unos carteles muy representativos "Caballeros" y "Tocador". Es una gozada abrir las ventanas y ver las calles de Santiago con su bullicio. También en este piso se encuentra el anfiteatro, que aunque tiene 106 butacas, sólo 13 son utilizables para ver las obras de teatro... o los conciertos en este caso.

Bajamos y buscamos un sitio. "Perdonad, las dos primeras filas están reservadas para los músicos". Nos sentamos en la cuarta, e intentamos hacernos una foto juntas, pero parecía algo imposible.
Pronto se llenó la sala de gente, y empezó la actuación.

Un chico que se parecía en cierta manera a Jim Carrey hacía las presentaciones. Al principio pensé que quizás era nuevo como presentador, sus chistes eran acelerados y algo simples para mi gusto. Podría deberse a los nervios, pues durante toda la actuación se fue relajando y cada vez me parecía muy simpático. Entre actuación y actuación nos contaba todas las anécdotas del teatro, de la vida de Santiago y de sus campanas, se metía con un músico muy curioso que se llamaba Elías y con el chico de sonido que no paraba de ir y venir al escenario por los problemas técnicos. En una ocasión, hasta rapeando por petición del presentador, lo que nos hizo desternillarnos de risa. También el presentador subió con un cómic de Angel Sefija, dibujante de El Jueves, en el que hablaba de lo que verdaderamente cuesta hacer un cd y por qué la gente piratea. Un tema muy polémico.

Antes de que empezaran los conciertos subió al escenario Carlos Blanco. Y su discurso no fue de risa concretamente. Parecía apesumbrado. Aunque algún chiste nos hizo sonreír, el tema parecía serio. Pero al final acabamos riéndonos de lo lindo con sus historietas.

El primero en subir al escenario fue Tom. Como dije antes, tan elegante, tocó con su guitarra sólo dos canciones: "La ramita de laurel" y "Ha salido el sol". Aquello no podía ser una fiesta como son todos sus conciertos, y me apenó que Bybel no pudiera disfrutarlo tanto como lo he disfrutado yo en sus conciertos. Me hubiese gustado que tocase "Y la vida se me va", es una de sus mejores canciones y le daría a la actuación el punto de melancolía e identifcación del público. Aplaudimos encantados y volvió a sentarse, pero un rato después desaparecería para ir a dar un concierto en Sigüeiro.

Los siguientes en subir al escenario fueron un violinista, un guitarrista y una chica muy guapa que tocaron unas canciones preciosas en gallego. El violín nos puso los pelos de punta, las letras del cantante nos engancharon y la voz de la chica nos sorprendió con su dulzura. Parecía un pájaro al vibrabar sus cuerdas vocales en su cuello. Fue una actuación muy dulce. Aquí teneis un trocito de ejemplo de lo que digo :).

Me fastidió en sobremanera un chico que daba patadas en mi asiento siguiendo el ritmo. Pero realmente no daba patadas en mi asiento, si no en el suelo. Aquello resonaba mucho.

Tras ellos, subió Gustavo Almeida. La voz de este brasileño siempre me parece triste, y sus historias conmovedoras. Historias de aceptación en un lugar lejos de tu tierra natal, de la lucha por hacer lo que a uno le gusta y conseguir el respeto de los demás. Y no fue el único que cambió así su vida. Muchos de los demás músicos eran sudamericanos. De hecho nos costaba entender un poco sus canciones.

Después de Gustavo, subieron un guitarrista, un bajista y el simpático batería africano, Elías. Nos dieron una sesión de jazz, algo que no suelo escuchar, pero que en directo suena muy bien. Seguidamente, una señora argentina subió al escenario con el guitarrista y nos sorprendió con una desgarradora voz.

Entre aplausos, palmas y sonrisas, otro grupo sudamericano compuesto por una chica, un guitarrista y el percusionista Rafa Gradín que colaboraría durante toda la noche con los demás artistas, tocaron unas decididas canciones y una versión muy bonita de otra cantante sudamericana.

Aunque el presentador se equivocara con los nombres de los artistas, creo que el que subió después de llamaba Alfredo Padilla, al que tampoco entendimos mucho.

Al fin subió después Diego Massimini, quien fue al primer Festitom pero no pude ver. Sin embargo, tocaría sólo la guitarra para Uxía Senlle. Me habían comentado que esta cantante era bastante famosa en Galicia, pero nunca la había visto. No es que me resultara espectacular, pero animaba mucho al público. Quizás fuera porque sus canciones eran nuevas, pero no dejaba de leerlas en el papel.

Le tocaba el turno a Pablo Seoane, que tocaba el piano y fue compañero en el grupo de baile gallego de Mery, tocando la gaita. Elías volvía a la batería y había otro chico que tenía un enorme... contrabajo. Era espectacular, no me imagino tener que llevarlo a la espalda. Lo hicieron muy bien.

Otro chico después nos hizo reír con una versión de unos amigos africanos que querían que la tocara con su guitarra. Tampoco nos enteramos de nada, pero lo pasamos muy bien.

Tras él Diego Massimini con una guitarra chulísima, con Pablo Seoane y un acompañante al bajo. Fue todo muy relajante, pero al final ya me empezaba a aburrir un poco por no entender ni saberme las canciones.

Pero para entonces acabó el concierto, con una actuación final de Rafa Gadrín, la señora argentina y un guitarrista. Salimos contentas por el espectáculo, y yo todavía más cuando vi que a Bybel le había emocionado mucho.

La calle seguía muy activa de noche, y fuimos a un cyber a descargar las fotos de la cámara, a una farmacia a comprarme algo para el dolor de cabeza y a un sitio donde nos hicieron un bocadillo y un perrito muy baratos que nos comimos en casa y que estaban buenísimos, mientras charlábamos con la mujer de la casa. A la 1:30 nos fuimos a dormir, y puse el despertador a las 5:45 de la mañana para volver a Coruña y coger un bus con los de Carroucho rumbo a Orense.