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Una pequeña visión maravillosa II

Así que al día siguiente cogí el tren a las 06:30 para Coruña, robándole unos instantes de sueño a Bybel para darle un par de abrazos y besos. Al menos cuando salí a la calle no estaba oscuro. Había alguna gente y coches. Me preguntaba a dónde irían o qué tendrían que hacer. Apresuré el paso porque tenía la sensación de que llegaría tarde, y sin aliento me subí al tren. Nunca estoy segura de si cojo el tren correcto, y otro chico estaba tan poco seguro como yo, así que nos subimos y nos confirmaron que ese era el tren. Intenté dormir, pero tenía al lado del asiento un calefactor que llegaba a quemarme a veces. A las 7 de la mañana el tren pareció detenerse horas para dejar pasar a otro tren. Había niebla, no se veía nada y el tren no arrancaba. Me pregunté si no pararían por eso. Pero entonces pasó el otro tren a nuestro lado haciendo temblar las vías, y arrancamos de nuevo. Llegué a las 8 menos cuarto y me dirigí a la parada del bus, pensando en si me daría tiempo a desayunar. Desheché la idea y llegué a la parada.

Había gente del Carroucho fácilmente reconocible por la ropa y por las mochilas. Pero también había muchas personas de la tercera edad que por lo que escuché entre risas se dirigían a hacer "el camino de Santiago en bus". A las 8 ya éramos tres grupos numerosos que no sabíamos a qué bus nos correspondía subir. Alguien dijo que aquella era la parada más movida los sábados por la mañana. El conductor del autobus urbano se quedó atónito. Mientras hacía fotos a la iglesia donde se encontraba la parada, un poco apartada de la gente, se me acercó una chica que me preguntó si era Betta, la que había escrito la crónica y puesto las fotos, que le había gustado mucho. Le pregunté si era Mónica, la que había escrito el comentario al post en la página y era ella. Me sentí abrumada cuando sus compañeras vinieron y me reconocieron también. Una de ellas era Noemí, que había conocido en la ruta anterior. Me alegré de que les gustara y hubiese resultado útil. Me sentí orgullosa.

Subimos al bus, que esta vez no era de dos plantas y me acomodé con mi mochila. Busqué rostros conocidos, y vi a alguna gente de la ruta anterior. El bus arrancó y siguió recogiendo gente en distintas paradas. Cada vez éramos más. Reconocí a dos monitores pero los demás no los conocía. No vi a Álex. En total éramos unas 40 personas. Durante el viaje conocí a Marga, una chica muy agradable con una sonrisa que le ilumina la cara. Me preguntó si iba sola. "Bueno... voy con 40 personas", respondí sonriente. Nos repartieron los trípticos de la ruta, que sería en Orense con un recorrido por montes de unos 20km, terminando en el castro de San Cibrán de Lás. Realmente tenía ilusión por ver el castro, siempre quise hacer una novela sobre los celtas en Galicia. Intenté dormir en el viaje escuchando a Reamonn, mi inseperable compañero, pero fue algo tortuoso y no puedo más que echar unas cabezaditas.

Antes de empezar la ruta, paramos en O Carballiño a comprar la comida, pan fresco o a desayunar. Los monitores nos recomendaron que comiésemos pulpo, y tras ver los puestos preparándose me entró la gula. Me preguntaron si quería ir a desayunar, pero tenía que ir a comprar la comida, no había podido prepararla en Santiago. Recorrí la parte vieja del Carballiño, que era mucho mejor que sus alrededores, al llegar parecía realmente un lugar feo. Teníamos media hora para volver al bus, y compré la comida y descargué el depósito en un baño de una gasolinera. Los compañeros compraban chuches o admiraban un golf descapotable cerca del bus. Vi a Fran, el chico que me había protegido de la lluvia con su paraguas en la ruta anterior, y subimos de nuevo al bus.

Esta ruta recorre la comarca del Carballiño, en los ayuntamientos de Leiro, Cenlle y San Amaro, en la provincia de Orense. Comienza con un componente bien diferenciado: arte representado en el inicio por el Monasterio de San Clodio de Leiro y al final por el Castro de A Cidade.


Paramos para recorrer el monasterio, un lugar decorado con flores muy bonitas y que actualmente es un hotel. Los monitores querían quedarse allí para relajarse. Visitamos las estancias, el patio interior, y yo no dejaba de pensar en el prebisterio, en las columnas y el triforio de Los Pilares de la Tierra, y de imaginarme al monje Phillip recorriendo apresurado los pasillos, intentando resolver problemas y llamando holgazanes a los que no hacían nada. El libro me dio una nueva visión de los monasterios. Aunque aquel era pequeñito, y tenía las paredes manchadas. En una sala comedor preparaban las mesas para la comida muy elegantes, y la puerta de la iglesia estaba cerrada. El sitio está rodeado de unos montes impresionantes, que contemplamos al salir al extremo contrario. Había hasta una piscina. Un buen lugar para perderse un fin de semana.

El Monasterio de San Clodio de Leiro es también llamado del Ribeiro por la comarca en la que está situado. Aunque los orígenes del monasterio datan del siglo VI, no se tienen noticias escritas de su existencia hasta el año 928. El monasterio no conserva ningún resto anterior al siglo XVI, cuando comenzó su reconstrucción. En la actualidad es un hotel de cuatro estrellas.

Mientras pensaba en mis cosas y en que en pronto empezaría la ruta y no sabía si sería capaz de afrontarla, dos monitores, una parejita que me dijo que les había encantado la crónica y las fotos, que lo había hecho muy bien. Y yo les agradecí lo de las "hermosas palabras" que pusieron en la página del Carroucho. Realmente parecía que a la gente le encantaba la crónica, a pesar de escribir siempre tan extensamente. Pero creo que si vives algo realmente te gusta saber todos los detalles. Así que ahora me encuentro describiendo esta lo mejor que puedo.

La gente regresó al bus a coger sus cosas para prepararse. Pantalones cortos, cremas solares, sombreros y palos para caminar. Yo no llevaba nada, pero me dejaron crema solar.

Tomamos como punto de partido un camino ascendente que arranca del monasterio hasta los montes de Cortellas de Arriba donde podremos tener buenas vistas de los viñedos.

Empezamos la ruta con una buena cuesta arriba partiendo del monasterio. Aquello era precioso, todo era vegetación, hacía sombra y pisábamos hojas secas. Era una cuesta muy inclinada, y todos apuntaban que aquel día haría calor. Sin embargo empecé bien, y disfrutaba el camino, aunque nos engancháramos en las silvas. Por el camino tuvimos que sortear ramas caídas, y me hizo gracia que aquello parecía el juego de pasar bajo la barra con música. Tras la primera subida, salimos a un sitio despejado. Aquí es donde yo digo que puedo respirar. Estábamos en lo alto divisando los valles abajo. La ladera estaba arada y dispuesta para plantar viñedos.

Seguimos subiendo por los caminos despejados por la maquinaria, y vimos rocas enormes que se mantenían en equilibrio unas sobre otras. Teníamos que cruzar un camino lleno de piedras resbaladizas que se tambaleaban. Aquello parecía un circuito de supervivencia. Y no paraba de reírme. "Pusimos estas piedras ayer para darle emoción a la ruta..." decía un monitor. "Sí, claro, estabais borrachos y se os ocurrió poneros a mover rocas..." respondió alguna. Y más adelante nos encontramos cartones y botellas de alcohol vacías. Me partía de risa. La gente del Carroucho es alegre, amable, chistosa y con mucho ingenio. Entonces conocí a Belén, una monitora que cuando descubrió que yo era la chica de la crónica no paró de hacerme técnicamente la pelota. Todo eran bromas "¿Qué tal vas? ¡Ánimo!" "¡Por mucho que me hagas la pelota no voy a hablar bien de ti!". Pero tengo que hacerlo. Es una mujer llena de vitalidad, hacía carreras con los compañeros, iba y venía de aquí para allá, se metía con sus compañeros por el walky talky y nos alegró la ruta. Sobre todo a mí.

Nos adentramos de nuevo entre los árboles, y aquí las rocas se apoyaban en los árboles que se doblaban bajo su peso. Cuando íbamos cuesta abajo, nos encontramos con que nos habían cortado el camino y tuvimos que dar marcha atrás. Aunque yo iba de las últimas de la fila (¡porque tengo que hacer fotos y me retraso, claro! ;P), al dar la vuelta éramos las primeras. "¡Los últimos serán los primeros!" gritamos. Nos peleábamos para que no nos adelantaran, pero a mí me estresaba el ritmo de los demás porque en las cuestas abajo voy muy despacio porque suelo resbalarme y tropezar. En cambio los demás van como motos y en dos segundos están abajo. Todavía no me resultaba muy dura la ruta. Y disfrutaba con el paisaje. Al llegar abajo estábamos en el pueblo de Rioboó, que conserva dos escuelas muy bonitas, una de niños y otra de niñas mucho más lejos, claro. Estaban abandonadas, pero quedaban muy bien con la vegetación subiendo por sus paredes. Hablé con otro monitor, Javier, contándole emocionada que todos me reconocían por la crónica. Él también la alabó, había sido él quien escribió los links en la web. En total creo que eran cuatro monitores en esa ruta. No estaba Jaime de la ruta pasada, y otro hacía esta vez de conductor del autobus. Sorprendente. Otra cuesta más por asfalto y llegamos a una iglesia donde estaban dando misa. Eran las 12.

Bajaremos hasta Rioboó donde veremos las escuelas antiguas y su magnífica rectoral. Pasada esta cogemos a la derecha para luego seguir a la izquierda donde comenzaremos una buena subidita hasta Osmo. Luego de hacer una parada para contemplar la capilla y la iglesia de San Miguel, cruzaremos el pueblo encaminándonos por senderos y pistas forestales hacia Montes Novos.

Y allí fuimos. Era un camino realmente empinado, sólo podía ver los pies y el trasero del que iba delante, empezaba a ahogarme porque tengo asma bronquial y no había llevado el inhalador, y sentía que las piernas me iban a fallar porque las estaba forzando mucho obligándolas a subir y subir por las piedras. Hacía calor y estaba empapada de sudor. Teníamos heridas en las piernas por los toxos y las silvas que se nos enganchaban en las piernas, y Belén se hizo una fea herida en la nariz.

Lo pasaba mal, y veía a gente que también lo pasaba mal, pero otros en cambio parecían no inmutarse ni desprender una gota de sudor. Llegué arriba con el corazón en un puño, y allí ya estaban descansando los que había llegado primero. Nos sentamos a la sombra y bebí a grandes tragos el agua que llevaba, que no resultó ser mucha porque ya se me estaba acabando. Tendría que haber llevado un garrafón de 5 litros... aunque cargar con una mochila llena de agua tampoco puede ser muy bueno. Aunque durante el camino se vaya aligerando. xD Vi la capilla y añoré la carretera que pisábamos, porque allí se podía subir en coche. De todas formas el camino seguía siendo idílico, pensaba en películas como la lengua de las mariposas, o en la gente de hacía décadas, subiendo por el monte y corriendo feliz por los senderos. O sufriendo también por los tortuosos caminos.

Seguimos por la carretera un rato, pasando por la iglesia y por un campo donde parecía que habían hecho una fiesta hacía poco. Cruzamos un pueblecito perdido en el monte, y un señor con una chica se ofrecieron a darnos agua. Había una fuente cerca, pero echaba poca agua y se escuchaban las voces de los compañeros peleando por ser los primeros en coger agua. La chica me rellenó mi botella, pero me bebí casi la mitad de fresquita que estaba, y me la pasé por mi cara enrojecida y abrasada, reconfortándome un poco. Alguien le dijo al señor que a ver si nos daba vino, y él no dudó en invitarnos a tomar de los tres pilones que tenía en casa. Nos reímos, les agradecimos su amabilidad y seguimos el camino.

Eran sendas despejadas, como me gustan a mí. Me encanta poder divisar todo el horizonte, y en el valle abajo, muy lejos, estaba el pueblo del que habíamos salido. Con algunas paradas para recobrar un poco el aliento seguimos ascendiendo, por tierra quemada por incendios y despejada para cultivar los viñedos. Pisábamos agujas de pino y ramas rotas. Muy a lo lejos podía ver a la cabeza del grupo, y luchaba en mi interior por seguir andando. Pero aquella era una cuesta suave y la llevaba relativamente bien. Pensé en el niño que iba siempre a las rutas en cabeza, y en Puri y su marido, dos señores mayores que tenían más vitalidad y fuerza que yo. Era muy triste mi condición física. Y no había entrenado nada. Pero quería ser capaz de hacerlo.

Al final alcanzamos la cima, y descendimos por una cuesta prolongada a la sombra de los árboles. La gente hablaba animada, se formaban corrillos y todos se lo pasaban pipa. Yo iba detrás de todo con los monitores y algunas mujeres más, pero me dio por acelerar el paso y adelantar. Iba decidida, pero cuando parecía que adelantaba algo, me daba la vuelta y veía a los demás tan cerca como antes. No podía más y no tenía agua, y por fin nos encontramos en otra parada con el bus. Les conté a los monitores que no tenía agua y repartieron entre todos Fanta Naranja que había en el bus, pero a mí no me gustó y apareció un monitor con una botella de litro y medio de agua helada, salvándome la vida. Rellené mis botellas y me hinché a beber y a descansar sentada bajo un árbol. Tuvimos que seguir bajando la cuesta, y le pedí a Fran que me dejara probar su palo de esos que llevaban todos para ayudarse, con un pico en la punta para sujetarse al suelo. Cuesta abajo no se notaba su ayuda, pero parece ser un elemento muy importante para hacer rutas de senderismo.

Atravesaremos la carretera que va a Cenlle, cogeremos por senderos (hoy convertidos en pistas forestales) por los montes de A Corredoira y A Carpaceira para llegar a A Lama, donde comeremos.

En la comida aproveché para hablar con Mónica y Noemí de todo un poco, y descubrí que mi profe de redes fue profe suyo en la universidad. Sacamos fotos del panorama desolador de la gente espatarrada, y una chica se molestó porque no quería que le hicieran fotos. No entendí su actitud. Un señor mayor de pelo blanco me llamaba la atención. Llevaba sandalias con calcetines, y no hablaba nada. Sólo miraba y sonreía. Creo que iba solo, me intrigaba. Comimos y nos tumbamos bajo los enormes pinos.

Charlé con Marinet, una francesa muy simpática y nos reconfortamos con la brisa en la sombra y con las copas de los árboles balanceándose... hasta que una amiga de Marinet dijo que podía caérsenos las piñas en la cabeza. -_- Yo me asusté porque la sombra de las agujas de los pinos hacían la forma de una araña en mi pantalón y nos reímos mucho. Tenía heridas en los tobillos por las botas, pero curiosamente sólo me dolían al enfriarse, porque al andar se dilataban y no me rozaban tanto. Tenía ganas de dormir allí mismo, pero tuvimos que levantarnos y seguir adelante. Eran las 15:30.

Tomaremos el camino por Campos, cruzaremos el río Fareixa y atravesaremos la carretera que va a Eiras. Comenzaremos a subir por senderos por los montes de A Ermida y O Couto.

Y así cruzamos otro pueblecito, seguimos por la vegetación, cruzamos un río pequeñito, que luego apareció más grande, y seguimos andando y andando. Yo no podía con mi alma, y libraba una importante lucha psicológica "no sé que hago aquí, esto no es disfrutar, es sufrir, se supone que el hombre lucha por hacer su vida más cómoda y no para sufrir de esta manera, no voy a volver, no seré capaz de llegar, voy a volver al bus..." Vamos, que lo peor de la lucha física es la lucha mental que supone. Realmente eres tú quien dice "ya basta", aunque el cuerpo pueda seguir aguantando. Los monitores se preocuparon mucho por mí, yo sólo quería pararme a descansar, pero sabía que si me paraba no seguiría más, así que avancé. Pensaba en la preciosa ruta anterior, y en lo fácil que había sido y lo que había disfrutado. Eso no lo estaba disfrutando.

Hicimos otra parada en un pueblecito donde nos refrescamos en una fuente y Belén inició una guerra de salpicaduras. Un señor nos hablaba, había una perrera llena de perros de caza y podencos portugueses, y una señora muy vieja nos dijo algo un par de veces que no conseguimos entender.

Cerca de la localidad de Xinzo cogeremos la carretera un kilómetro. Luego de cruzar dicha localidad nos encaminaremos por el bosque de Ourantes hasta el monte de San Trocado de 553 mts. de altitud. El panorama que se extiende por el valle y la Capela en la cima del monte bien valen la pena el esfuerzo que supone esta última subidita.

Yo ya estaba resignada a caer en el camino y morir de cansancio, y en cuanto me preguntaban qué tal iba contestaba que mal, que no iba a hablar para nada bien de la ruta. xD No reconocí Xinzo, que conozco porque vive mi tío con su familia allí, y cuando subíamos este último monte empecé a dejar ver mi sutil ironía. "Joder, qué monte es este, ¿¿¿¿¿el Everest????" "Pobres castrexos, ¡lo que tenían que sufrir por estos caminos!" Mónica se reía con mis comentarios, mientras subía imperturbable, no estaba ni roja ni nada. Me pareció una mujer muy fuerte. "Mujer, es que yo estoy entrenada". Y yo que debería estar entrenando para ser la teniente O'Neil. Que no, que no puedo seguir con esta condición física más tiempo. Al menos me quedan 9 años para ser como Angelina Jolie. Mwhahahahaha. -_- A una señora que estaba mal como yo la empujaba su marido. Otros cogían atajos en el camino. ¡Eso no vale!

Llegamos a lo que alguien describió como "la cabaña del tío Tom", que anunciaba que nuestro destino estaba cerca. Y allí estaba. Podíamos contemplar la altura a la que nos encontrábamos, el río cruzando las montañas (y una autopista -_-), paseé un poco para sacar fotos y caí orgullosa al suelo, ¡lo había conseguido! Y Belén tan pancha, sin un ápice de cansancio. Me hice una foto con ella y con una chica que se llama Raquel. Las dos van a las rutas de la universidad y prácticamente todos los fines de semana a las que pueden. Yo no me veía haciendo senderismo todos los fines de semana, también me gusta mucho la "civilización", y ella me respondió que en el último año se había convertido en una pasión.

Ahora sólo nos quedaba bajar hasta el castro. Acabamos cantando "Si yo canto es por tiiiii, es por tiii, es por tiiii, ¡aunque digan los demás que desafino mucho!", y Belén se metía con sus compañeros "Charly, Charly... es a la izquierda para abajo cuesta arriba o a la derecha cuesta arriba para abajo... Charly, ¡nos hemos perdido!" y al llegar al castro "Oye, aquí hay muchas piedras, ¿están aquí por algo en especial?". Poco le respondían, si estuviese Jaime seguro que me partiría. Todo seguía cuesta abajo por la carretera, y estaba ya muy animada.

En la bajada, nuestros pasos nos llevan hasta Lansbrica, donde termina el sendero. La ciudad de San Cibrao de Lás es un yacimiento que por su configuración formal y monumental constituye un verdadero arquetipo de los castros de la etapa final de la cultura castrexa, coincidente con la romanización del noroeste peninsular. Es una ciudad fortificada que debió ser habitada entre los siglos II a.C y el II d.C. Construcciones galaico-romanas asentadas en una zona donde se encontraron abundantes piezas y restos pertenecientes al Paleolítico Medio, a pesar de que el fenómeno del megalitismo fue parcialmente excavado en esta zona. El asentamiento se encuentra a 472 m. sobre el nivel del mar.

Me recreé. Saqué todas las fotos que me quedaban. Era un sitio muy importante para mí. Realmente quiero hacer esa novela, y se lo comenté a Belén, que me dijo que Kuoro, un monitor, sabía muchísimo de eso, que había escrito el papel de información del castro de la ruta. Pero yo paseé imaginándome como la personaje de mi historia, que ya tenía en mente y un argumento escrito. Donde había pequeñas casas de piedra, yo imaginaba el bullicio de la gente, de los animales, un castro fortificado y fuerte, guardas en las puertas vigilando, gente de caza en el bosque, la amenaza de los romanos en el valle a lo lejos. Todo bullía en mi cabeza. Aquel castro era el más grande que había visto. Tenía un aljibe para guardar el agua, que abastecía a la ciudad. Al final se me acabó el espacio de las fotos, tuve que ir borrando algunas y nos llamaron para volver el bus. Pero también tenía ganas de volver.

Íbamos muy bien de tiempo, y paramos en un pueblo con dos bares a tomar algo. Todos se refrescaban con cerveza, los demás con helados. Un perro muy tímido nos miraba. Hablábamos animadamente. Sobre todo yo, que me sentía capaz de marcarme un baile después de tanto esfuerzo. Pero luego, al volver en el bus, me sentí mal. Pusieron una película, Jet Lag, pero sólo vi trozos. Quería dormir y no podía. A mi eterno dolor de espalda se sumó un dolor angustiante. Como si el corazón me apretara. Un pinchazo constante, que me incomodaba cada vez más. Tenía miedo porque no sabía qué me pasaba, y cada vez más luchaba por controlar las lágrimas. No sabía a quién decírselo, ya me habían escuchado quejarme bastante, y no quería seguir dándoles el día ni fastidiándoles, pero ya a las afueras de Coruña se lo dije a Belén con cara desesperada. Se preocuparon mucho por mí, me dijeron que era del cansancio, de forzarme tanto, que con un paracetamol y acostarme se me pasaría. Y era cierto que había dormido sólo cuatro horas. Me preguntaron si tenía alguien que me acompañara en casa. Mi casa estaba vacía (algo que agradezco mucho), pero en ese momento sí me preocupaba por si me pasaba algo.

No podía casi articular palabra, y cuando llegamos a Coruña ya casi ni me despedí de Mónica y de Noemí, que querían acompañarme a la estación de buses. Les dije que no hacía falta, fui a una farmacia con mis aspecto horrible y le expliqué casi llorando al farmacéutico lo que me pasaba. Él tenía cara de echarse a reír y yo cada vez más con el nudo más fuerte en la garganta. Decidí volver a Arteixo en taxi, no aguantaba más. Volví a ver a Noemí y le pareció buena idea. Aunque sabía que me costaría 12 euros. Pero me daba igual. Y el taxista se portó. No le dje nada, pero fue tremendamente acelerado. Incluso adelantó en línea continua. Vale, que esperaba sobrevivir, no morir en el taxi. Y en mi mente se recreó el momento en que llegaría a casa y me acostaría, y todo fuera oscuridad y sólo sintiera el dolor cada vez más fuerte. No era un buen panorama. Pagué 14 euros al taxista por dejarme en mi casa, subí las escaleras, tiré con la mochila y la ropa y me metí en cama sin ducharme ni nada. Eran las 22:30, y me desperté al día siguiente a las 09:30, viva, sin ningún dolor y feliz de estar bien.

Una ducha reparadora, una ropa bonita y sales a la calle sintiéndote en paz contigo misma, sintiendo que has hecho algo que los demás ni se plantearían. ¡Y habiéndolo conseguido!