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You know what to do

Desde que me fui de casa (5 meses ya... como si nada), he ido a Arteixo un par de veces (no conviene abusar).

Aprovecho para ver a los amigos. Para cenar con mi hermana y mi padre. Para que mi susodicho padre me rasque la espalda. Para ver la televisión en familia. Me quedo a dormir y a la mañana siguiente hago un montón de recados: banco, médico, óptica, correos...

¿He hablado de la epidemia de meningitis en Galicia? Me he puesto la vacuna. No vaya a ser... En cuanto me duele la cabeza ya pienso que me he contagiado. Ahora lo que me duele es el brazo. Y no el pinchazo de la enfermera con mala leche.

El caso es que mi padre me ha dicho dos grandes verdades: estás sola y malvives. Le digo que si fuese cajera de un super viviría feliz toda mi vida sin preocupaciones. Me dice que tengo que realizarme como persona y alcanzar metas. Le digo que lo único que me ilusiona es hacer mi novela de castrexos. Asegura que yo puedo vivir de escribir y que es algo que siempre me ha dicho. Lo que me llena de esperanza al ver un rayo de luz sobre las incógnitas que llevo en la frente: ¿por qué todo me tira de un pie? ¿para qué coño estoy yo aquí? ¿cuál es mi don? ¿a qué me puedo dedicar por completo sin cagarla?

La verdad es que lo único que me emociona es mi novela. Y todo el trabajo que conlleva hacerla, simplemente me ilusiona.

Y si la cago, puedo seguir siendo cajera de supermercado pensando en castrexos y romanos.