Crazy sunshine
Una cosa que he podido hacer toda esta semana de convalecencia es dormir. Desde que me fui de casa (y ya venía de antes), solía dormir unas 10 horas al día, o más, tenía el sueño cambiado, vivía de noche, me levantaba a mediodía y en vez de desayunar ya tenía que comer. Por eso llegaron a mi lista de 43things las palabras "dormir menos". Algo que he cumplido bastante bien, y sin siquiera proponérmelo desde que estoy aquí.
Aquí levantarse a las 10 ya lo considero muy tarde. Siempre quise un trabajo intesivo por las mañanas, para obligarme a levantarme y que me dejara el resto del día libre. Pero aquí lo que me obliga a levantarme no es precisamente el trabajo. Vivo en un barrio tranquilo, en una especie de buhardilla (¡la torre del castillo!), como una terraza con paredes y techo, algo así. El aire entra por debajo de la puerta, no tengo persiana y no puedo tener un ambiente oscuro, aunque no importa, porque yo tengo la maravillosa capacidad de dormirme en cualquier sitio, practicada incluso en estaciones de autobuses o aceras de pueblos.
Pero el ruido es incesante. Estoy rodeada de toda clase de vecinos. Los niños de la guardería de al lado, o peor aún, sus maestras. "¡Alejandro, basta ya!" "¡Alejandro, pon eso en su sitio!" "¡Alejandro, baja de la mesa!" Berridos y llantos y gritos que me hacen pensar: "caray, esas si que deben odiar su trabajo". Por no hablar de las canciones que van desde Miliki y Susanita con su ratón a la última canción del Canto del Loco, que los niños corean como un himno: y eso es lo que quieroooo besooos todas las mañanas me despierten besoooos. I mean, WTF?
Entre el griterío de los niños, llegan las voces de los diálogos con el abuelo de 97 años que tengo enfrente, un señor muy cuerdo y espabilao, pero tan sordo que aunque no quieras enterarte de lo que están hablando, te enteras.
Puede que entre los niños y las voces del abuelo, llegue también la voz del pescadero, que pita con su coche y grita para todo el vecindario: pescado frescoooo dorada mejilloneees boqueroneeees y un sinfín de variedades que cada día amplían mi conocimiento de especies marinas. Y luego llega el turno de la panadera, el camión del butano con su bocina de circo o el afilador con su silbido.
Pero todavía todos esos sonidos no consiguen sacarme de la cama. Es el calor asfixiante el que me obliga a levantarme (amén de otras necesidades fisiológicas contra las que todos luchamos por las mañanas). Así que con la batalla perdida incluso en domingo, empiezo pronto mi jornada. Aunque no tenga nada que hacer.
Ahora dormir, cosa que adoro (y que me hace vivir mil y una películas que siento casi como reales), es un hobby que sólo practico en mi tiempo libre.
Cuando llegué pensé: esto tiene el ambiente de Padrón un sábado por la tarde.
Pero las mañanas parecen estar sacadas de una película Disney.