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Crónica de un insomnio anunciado

Me desperté a las 05:30.

Vi que no me daba tiempo a llegar andando a la estación de tren. Pensé que si cogía la moto y la dejaba allí, me la podrían robar. Así que cogí un taxi. Un taxi que parecía una furgoneta de excursiones. 10 euros de taxi. Pagar un taxi me duele. Mucho.



Había movimiento en la estación. Subí al tren a las 07:35. Vi los nuevos AVE Madrid-Málaga. Menuda forma tan rara, ¿no?. Me puse en un asiento que no era el mío, pero fue ocupado un rato más tarde. Así que me senté en el mío original. Tenía la ventana la mitad de pequeña. El tren salió a las 07:45 exactas. Observé un rato el paisaje. Nada muy destacable. Las afueras de la ciudad. Caí dormida con la música sonando en el mp3.

Una hora después me desperté. Miré por la ventana y sentí la misma sensación que sentí la primera vez que vi Escocia. Campos verdes. El paisaje se vuelve interesante. Son las 08:30 y vuelvo a caer dormida. Me despierto a las 09:30. Campos con muchos toros, rapaces, garzas, cigüeñas en sus nidos en lo alto de blancas casitas de bonitos pueblos.



Voy a llegar a Sevilla. Una ciudad que fue muy importante una vez para mí. Cinco minutos antes de lo previsto, llegamos a la estación de Santa Justa. Estoy en Sevilla al fin, después de tanto tiempo. Pero lejos del centro. Busco los baños de mujeres, que están al otro extremo de los de los hombres en aquella gran estación. Con mi mapa impreso de Google en la mano, empiezo a hacer mi recorrido hacia el hotel de Silvia y Massa. Son las 10:30.

Son 3 kilómetros, y hace calor. Las calles no son para nada como me las imaginaba en aquella zona alejada. Mucho mejores. Barrios de gente alegre. Balcones con flores y canarios cantando. Compro una botella de agua bien fría. La gente es muy amable en Andalucía. Paso por la calle "Cruz de Campo", que tiene enfrente una fábrica cerrada de Cruzcampo (descubro el significado del nombre).


Y llego a la última avenida que tengo que cruzar. Una gran carretera repleta de coches apresurados, y un sol despiadado que cae sobre mi cabeza. Empieza a pesarme el paseo. Busco alguna sombra, aunque tenga que desviarme de mi camino. Es como un polígono industrial. Y a lo lejos veo el hotel, el fin de mi ruta. Llego a la recepción. Mucho más bonito por dentro de lo que cabría esperar por los alrededores, desde luego. Recibo un mensaje de Silvia, me esperan justo en el bar de enfrente del hotel. Los veo, me saludan. ¡Por fin!


Terminan de desayunar, y nos vamos al coche. Me presentan a Marta, el GPS que nos guiará en nuestro camino a Cádiz.


Adiós, Sevilla. No vi ni un resquicio de ti. Hablamos, cantamos, vemos las motos que se dirigen al circuito de Jerez. Muchas motos, muchos niños asomándose a la carretera, muchos policías controlando. En una hora estamos en Cádiz, y cruzamos un gran puente sobre el mar, respirando la brisa marina. Es como entrar en una ciudad de película. Pero algo mejor nos espera. Una playa enorme de dunas, arena blanca, y mar azul. Todo lo contrario a las playas de Málaga. Con mi antiguo concepto de las playas de Andalucía, flipo en colores.



No aguantamos aquella belleza, así que detenemos el coche y corremos hacia la orilla (no sin antes ir a buscar la cámara, que aunque primero se quejen, luego bien que quieren las fotos -_-). No hay casi nadie en la playa. No lo entendemos, con el día de verano que hace. Pero mejor para nosotros, y para la playa.



Nos despelotamos, y aunque no tengamos bañador, entramos en el agua con lo que llevamos puesto (prohibida la reproducción de estas fotos, sobre todo por los interesados que no tienen el cuerpo en forma). ¡Si es lo mismo! No podemos desperdiciar la oportunidad.



Entre charlas sobre tiburones, medusas y rocas en el fondo, disfrutamos de un buen baño. Unos gallegos disfrutando del verano del invierno andaluz. O algo así. La gente pasea abrigada, y nos mira curiosa. Al salir del agua, nuestra ropa, zapatillas y bolsos están cubiertos de arena. Nos quedamos sorprendidos con la rapidez del viento en la creación de dunas, y observamos que alguna despistada se quedó tumbada en la arena demasiado tiempo, y murió bajo el viento de Levante.



Massa le toma el pulso, y confirma que está muerta.



Puede que porque Silvia le haya destrozado la cabeza con una piedra minutos antes.



¿Es que nadie va a reclamar el cadáver?



Optamos por robarle la ropa. El viento nos ayuda a quitarle las arenas, parecen cometas. Al final, en vez de 15 minutos, hemos tardado una hora. Volvemos al coche y Marta nos indica dónde está el piso en el que Massa y Silvia descansarán esta tarde.



La vida de un artista, aunque gratificante, es muy dura. Así que nada mejor que un piso CON LAS MÁS IMPRESIONANTES VISTAS A LA PLAYA que he visto en mi vida. ¡Menuda sorpresa!



La anfitriona nos anfitrionea muy bien, y nos deja a nuestras anchas en su precioso piso. Nos instalamos. Un rato después de babear por la casa, bajamos a comer. Buscamos restaurantes, y debemos elegir entre comida tradicional a precio normal o comida pija cara. Yo me decanto por la comida tradicional (me chifla la comida andaluza). Buscamos por los alrededores. Al final terminamos en un bar donde tomamos tapas y raciones riquísimas.



Volvemos a casa. Son las 16. Massa descansa, y yo veo vídeos raros y hablo con Silvia. Luego Silvia descansa, y yo veo vídeos raros con Massa. Vemos el sol ponerse en exclusiva desde la ventana.



¿He dicho ya que quiero vivir en ese piso?



A las 9, nuestra anfitriona viene a buscarnos, y estamos listos para ir a hacer la prueba de sonido al café Pay Pay, en el centro. Aparcamos donde podemos, y vemos un poquito del centro y la catedral. El café-teatro Pay Pay es una chulada.



Aunque, como Massa puntualiza, aquello no es ni un café, ni un teatro. Pero en los camerinos hay una ventana que da justo al teatro romano de Cádiz. Una pasada. La luna, el teatro romano, todo para uno. Definitivamente, un local impresionante. La prueba de sonido termina en 10 minutos, y vamos a cenar. Un bar típico, buena comida de nuevo, pescadito frito. El concierto empieza a las 23:30, y Silvia está un poco preocupada por su voz, por sus excesos, y por la gente que va a haber.



Que al final fue mucha. ¡Más de 140 personas! Y una chica de Arteixo que vive en Jerez de la Frontera. El mundo es un pañuelo. Y el concierto, muy bonito. Aquí un vídeo para que se escuche el ambiente que había. Tenía muchas ganas de volver a verla sobre un escenario. Reímos, aplaudimos, hablamos con la gente, y nos vamos pronto. A la 1:30 arrancamos en el coche en dirección a Málaga. Cantamos, me duermo, me vuelvo a despertar, paramos en una gasolinera que da mucho miedo. A las 6 estamos en el aeropuerto de Málaga, y aunque yo me muera de cansancio, ellos más, y es físicamente imposible que me acerquen a casa. Y yo no quiero volver a casa porque es de noche y estoy muerta de frío. Un poco más despiertos después de buscar una hora el maldito sitio de devolución de los coches, buscamos un sitio para tomar café en el aeropuerto. Y lo encontramos. Increíblemente caro, e increíblemente malo. Aquello es chocolate que sabe a café, y café que sabe a... a saber qué. Lo bueno, lo MEJOR de ese sitio son los cómodos sillones en los que nos acoplamos. Y donde caímos dormidos. Y de donde nadie nos echó después de dormir dos horas en ellos.



A las 10:00 nos despertamos contentos después de nuestra buena suerte de conseguir aquellos sillones. Les acompaño a facturar, y a las 10:30 me despido. ¡Qué gran suerte que hayan venido! He aprendido muchas cosas, y guardo muchas conversaciones que me han hecho pensar. Dos personas realmente adorables. A ellos les quedan muchas horas de viaje hasta llegar a sus respectivas casas, y yo voy a buscar el tren para ir al centro. Hay muchos ingleses, uno me pide indicaciones. Me encanta. Lo que no me encanta es que no tengan intención de aprender un MÍNIMO de español. ¡Aquí se lo dan todo hecho!

El tren llega rápido y eficiente, pero me queda lo peor, el autobús. El conductor, desaparecido, como siempre, la gente esperando media hora, sin rechistar. La calma de los andaluces es pasmante. El conductor vuelve, y ponemos rumbo a casa. Me quedo MUY dormida en el autobús, y una hora después de haber llegado al centro, llego a casa. ¡En mi moto tardaría 10 minutos! Nunca pensé que adoraría tanto tener moto. Las 12 de la mañana de un soleado domingo, y yo me meto en cama reventada, porque llevo 30 horas sin dormir.
Fin.

PD: Adoro Cádiz.